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1/10/14

Divorciada ella, rebelde yo


Siempre fui demasiado impulsiva y rebelde. Y a mis 16 años... creía que podía llevarme el mundo por delante. Pero la rebeldía tenía un límite. Mi miedo. Mis padres ya no sabían cómo controlarme. No tenía riendas. Bajas calificaciones en el colegio. Demasiados novios. Era una de las chicas más popular del colegio.
         Para mis 16 años, ya había besado más de 30 chicos. Sin embargo no había llegado nunca a acostarme con alguno. Podía transar con ellos. Pero cuando la situación podía irse de mis manos, me las arreglaba para huir. Aunque ya tenía fama de chica fácil entre los chicos.
         Demasiados chicos detrás de mí. Pero sólo era una pantalla el hecho de seducirlos, de tenerlos detrás de mí. Era otra mi verdad. Una que mi rebeldía aún no se animaba a mostrar.


         La conocía de siempre. Era la mejor amiga de mi madre y de mi padre. En realidad los tres habían estudiado juntos en la secundaria. Y seguían a través de los años siendo amigos.
         Hacía como 5 meses que se había divorciado del marido perfecto. Nadie podía creerlo. Pero como amigos quedaron. Él se dedicó a su trabajo. Y ella a divertirse, supongo. Pero habían sido 12 años de matrimonio, y todo el mundo los daba como la pareja perfecta. Aun cuando no habían tenido hijos.
         Allí estaba cenando en casa. Y yo en la misma mesa compartiendo la cena con ella y mis padres. Ni una palabra decía. Era un aburrimiento. Pero no había forma de escapar de la situación. Estaba castigada. Ya no recuerdo que había hecho. Pero mis padres habían prohibido mis salidas ese fin de semana. Ya los estaba cansando a los pobres.
         - Vamos a realizar un brindis por Ustedes mis amigos queridos - comenzó a decir  poniéndose de pie frente a nosotros. - Por este nuevo aniversario de boda que los encuentra cada vez más unidos y enamorados.
         "El aniversario de bodas de mis padres", lo había olvidado. Yo nunca recordaba nada. Supongo que era parte de mi estado rebelde y adolescente.
         Ella sacó un sobre del bolsillo de su chaqueta y se lo entregó a mi madre. La cual sorprendida comenzó a abrirlo. Sacó un papel. Y la miró... entre sorprendida y sonriente.
         Mi padre se levantó de su silla y caminó hacia mi madre, desde atrás de ella... miró lo escrito en aquel papel y le habló a Samanta.
         - Samy, no podemos aceptar eso!
         - ¿Por qué no? - dijo ella y habló y habló hasta convencerlos.
         Un viaje de una semana a Bariloche en estas vacaciones de invierno.  Una semana sin mis padres. Eso sí sería libertad. Samanta los convenció  que yo podía quedarme con ella en su departamento esa semana. Y como no tenia clase. Nos divertiríamos.
         Pensé para mi adentro: "divertirme con una mujer de la edad de mi madre ¡¡¿Sí, como no?!!" creo que no sabía nada de diversión en ese momento.
         Me estaba despidiendo de mis padres... quienes se estaban por tomar una semana de vacaciones de mí. Era como una segunda luna de miel. Supongo que se lo merecían.
         - Prométeme que te portaras bien, por favor - me decía mi madre.
         - Mami, prometo hacer una tregua con mis travesuras hasta que vuelvas - le dije. Y ella me abrazó y sonrió.
         Ellos partieron y yo tomé mi bolso y partí con Samanta a su departamento. Conocía la casa donde había vivido antes del divorcio, pero no su nuevo hogar. Y era un amplio y vistoso departamento, con una decoración muy alegre.      
         Estaba convencida de que me iba a aburrir como una ostra. Pero esa noche supe que había formas de divertirse muy bien sin tener que salir con mis amigos.
         Eran como las 9 de la noche, y ella me pidió que la acompañara al vídeo club de la esquina de su casa a buscar unas películas. A lo que le hice caso... me sorprendí cuando me preguntó qué quería ver...
         - Yo elegiría cualquier película prohibida - le dije riéndome...
         - Elígela - Me dijo y tomó dos y se acercó al mostrador. Se apoyó en el y me miró como esperando que yo eligiera una...
         Comencé a caminar por el pasillo de las películas románticas... y me paré en el de las películas eróticas... y vi una en la portada del videocassette había dos mujeres casi besándose. La tomé sin pensar. Y fui con Samanta.
         Ella la miró, me dijo que no la había visto.
         Apenas llegamos al departamento. Me dijo que pediría pizzas.
         Y pasamos la noche comiendo pizzas y tomando cervezas acostadas en el sofá del living mirando las películas. No podía creer que estaba viendo un filme de lesbianas con escenas más que explicitas delante de ella. Me estaba dando vergüenza. La miraba y ella estaba concentrada en la pantalla del televisor.
         Debemos habernos acostados como a las 5 de la madrugada. las imágenes vistas en esa película me daban vuelta en la cabeza. Y sólo pensaba, mejor dicho fantaseaba con Patricia. La amiga de mi mejor amiga, Tara.
         Ese sábado había una fiesta en casa de unos amigos... y le pedí permiso. Creí que ella no me lo daría. Pero sólo me advirtió que no volviera a las 6 de la mañana ni que volviera borracha. Que tuviera cuidado como me divertía. Me estaba sermoneando como una madre, pero a la vez me estaba dando toda la libertad con límites... que podía cumplir.
         La música estaba demasiado fuerte en esa casa. La cerveza corría por todos lados. Había demasiados chicos tirados por el suelo que no habían podido sobrevivir a la fiesta. A los cuales el alcohol les había ganado. Cada rincón estaba ocupado por una parejita que se besaba apasionadamente.
         Ella estaba parada en la puerta de la cocina. Se notaba por su cara que había bebido en demasía. Me acerqué a ella. Pregunté si se encontraba bien.
         - Estoy mareada – sólo dijo. Entonces le dije que la acompañaba al patio para que tomara aire. A lo mejor así se le pasaba la borrachera.
         En ese patio de luz, que en realidad estaba a media luz. No había nadie. Se sentó en una silla. Yo tomé la otra silla que había en el lugar y la puse frente a ella. Y me senté mirándola. No podía dejar de mirarla. Quería besarla. Pero como. Ella era la chica más linda del colegio. Tenía novio.
         Pero ahí estábamos solas... ella casi borracha, y digo casi, porque podía darme cuenta de que sabía lo que estaba pasando a su alrededor.
         Mis impulsos de besarla me estaban dominando... sentía mi cuerpo  sin control inclinarse cada  vez más cerca de ella. Ella me miraba, no hablaba.
         - Te sientes mejor - le pregunté.
         - Sigo un poquito mareada, no debí mezclar cerveza y whisky.
         - Ya se te va a pasar - le dije pasando mi mano por su hombro.
         Ella no se movió. En el bolsillo de mi campera tenía una lata de cerveza. La saqué y me puse a beberla. Ella me miraba sin decir palabras. No había expresión en su cara. Pero algo me decía que algo estaba pensando sobre mí.
         Yo seguía muy cerca de ella, allí sentadas frente a frente las dos.
Y mis ganas de besarla eran ya una necesidad de mi cuerpo y de mi corazón. Y si la besaba. Y si decía que estaba borracha igual que ella, que no sabía lo que hacía.
         Creo que no pensé más y en un segundo me arrebaté sobre ella y la besé... duró unos segundos. Pero sentí sus labios responder a los míos.
         De pronto ella me separó. Se levantó y se regresó a la fiesta sin decir una palabra. Cuando yo entré de nuevo, ella estaba bailando con su novio Fernando. Y lo besaba mientras bailaban.
         No podía quedarme ahí mirándolos. Salí de esa fiesta a las cuatro de la mañana. Y regresé a casa de Samanta.
         Al entrar, la vi sentada en el living leyendo un libro. Subí corriendo. Ella me siguió y yo no me había dado cuenta. Al ingresar a mi cuarto, me tiré en la cama y me largué a llorar. La había besado y ella había respondido a mi beso, pero se fue con su novio. Y no entendía nada. Sentí miedo de que se lo dijera a todos en la fiesta. Y que me rechazaran. No paraba de llorar.
         En silencio ella entró al cuarto, se sentó en la cama y me acarició el cabello.
         - ¿Por qué lloras? - me preguntó dulcemente.
- Nada, no sé - le respondí.
         - ¿Que pasó en esa fiesta?
         - Nada
         - Por nada no se llora así - y seguía acariciando dulcemente mis cabellos.
         No sé porque, pero confié en ella. Y le conté sollozando lo que había hecho. Sentía miedo del rechazo de todos. Hasta de Samanta. Pero su mano acariciándome me hacía sentir segura de confiar en ella.
         - Ya encontraras otra chica, no es la única que hay - me dijo.
Me estaba alentando. Y apoyando mi forma de ser oculta.
         Pase los dos siguientes días encerrada en mi cuarto. No podía ni salir a la calle. Pensaba que Patricia había hablado. Tara llamaba por teléfono a cada rato queriendo hablar conmigo y yo me hacia negar con Samanta.
Tara debía saberlo, mi mejor amiga debía haber hablado con Patricia y debía saberlo todo ahora. Mi rebeldía se había convertido en cobardía.
         Samanta entró y comenzó a darme un sermón... de que no podía estar así. Debía enfrentar las cosas. Y en ese sermón me contó su vida.
         - Que vas a esperar a ser una vieja como yo, para salir del closet, vas a perderte los mejores años de tu vida, escondiéndote y fingiendo lo que no eres. Mírame, mírame - me dijo obligándome a ver su cara....
         - Yo fingí todo, me casé, e hice infeliz a un hombre que me amaba. No niego que él me hizo feliz. Pero no me llenó. No era él lo que yo necesitaba. Era ser yo misma. - siguió hablando y atentamente la escuchaba. Lloramos abrazadas esa noche. Sentí que tenía razón. Que debía ser yo.
         Al día siguiente fui a enfrentar a Tara. Y allí estaba en la puerta de su casa esperándome. Me acerqué tímidamente. Me miraba seriamente.
         - Hola - dije, sin mirarla. No podía cruzar mis ojos con los suyos.
         - Hola, pasa - me respondió, abriendo la puerta y dándome lugar para que entrara a su casa. Subimos a su cuarto. Y allí…
         - Patricia me contó lo que pasó en la fiesta del sábado - Dijo - ¿Por eso te desapareciste? - terminó preguntándome.
         - Si
         - ¿Te gusta Patricia? ¿Por eso la besaste? - preguntaba
         Yo solo asentía con mi cabeza. No podía hablar. Me venía venir el discurso de mi amiga. Y sentía que la perdería como tal.
         - Ella quiere verte - me estás escuchando
         - Queeeeé... - la miré, asombrada por lo que me estaba diciendo.
         Y me contó que Patricia sentía lo mismo por mí. Que ahora estaba en la casa de campo con sus padres. Pero que antes de irse había hablado con ella. Por eso, me había estado llamando tantas veces, para que se vieran antes de irse al campo.
         - ¿De veras, quiere verme?
         - Sí, me dijo que se sintió mal cuando la besaste. Se sintió confundida por eso se volvió a la fiesta con su novio. Pero cuando se dio cuenta de que eras vos quien le gustaba y no su novio, cortó esa misma noche con su novio. Y cuando te buscó no estabas más.
          No podía creerlo. Yo le gustaba.
         - Así que tengo dos amigas lesbianas... Ay, mi Dios. A falta de una me mandó dos. - Y se rió.
         Tara me había aceptado. Y Patricia gustaba de mí. Estaba feliz. No podía aguantar la alegría que sentía. Entré corriendo y llamando a los gritos a Samanta.
         - Samy ¿Dónde estás? Samy -
         - Aquí en la cocina - escuché y corrí hacia ella. Y como un loro parlanchín le conté lo sucedido. Y lo feliz que me sentía. No podía aguantar más... quería ver a Patricia.  Pero debía esperar al comienzo de clases, porque ella volvía de su casa de campo para esa fecha. Sería una eternidad.
         - Pues esto se merece un brindis - Dijo y sacó de la alacena una botella de vino tinto.  Me indicó que buscará dos copas.
         Y allí estábamos bebiendo vino y riéndonos. Ella estaba compartiendo mi felicidad. A esa botella le siguió otra. Le dije que quería bailar.
         Y fuimos al living, puso música romántica. Y nos pusimos a bailar. Reíamos. De pronto sentí su cuerpo pegado al mío. Estaba bailando con una mujer. Sentía sus pechos contra los míos... una sensación de deseo subía desde mi vientre a mi boca... haciendo difícil mi respiración.
         Su cara estaba tan cerca de la mía... Mejilla a mejilla. Me separé de ella un poco para mirar sus ojos. Su mirada tan dulce me miraba. Me acarició la mejilla y sus dedos terminaron rozando mis labios.
         Estábamos paradas en medio de la sala. Ya no bailábamos. Pegados nuestros cuerpos. Mirándonos. Acercó su rostro al mío... y me besó. Aquella sensación que había sentido cuando besé a Patricia la estaba sintiendo de nuevo. Ese besar unos labios suaves de mujer me enardecía.
Y es que ningún chico, de todos los que había besado, había logrado que mi cuerpo reaccionará así. Pero no podía comparar el beso torpe y tímido que le había dado a Patricia, con ese beso que Samy me estaba dando. Sus labios sabían cómo quemar suavemente los míos. Su lengua exploraba mi boca.
Sus manos me acariciaban. Las mías temblorosas y tímidas seguían su juego. No hablamos. Dejé que me desnudará y en la alfombra me hiciera suya esa noche... La dejé descubrir mis deseos, la dejé explorar mi cuerpo con sus caricias y su boca.... dejé que me hiciera explotar en pasión.
         Ese deseo incontrolable no quería dominar. Nos hicimos el amor aquella noche. Y nada me importaba. Sabía que estaba mal, tal vez, lo que estaba sucediendo entre ella y yo. Sabía que no volvería a repetirse nunca más... Pero no podía detenerla... Sólo quería su pasión devorándome.
         Fue mi primera vez, y la única vez con ella. Jamás volvimos a tener una noche así. Desde ese día fuimos grandes amigas.
         Fui la novia de Patricia por 5 meses. Casi no nos ocultábamos de nuestras amistades. Casi todo el mundo lo sabía. Pero un día ella decidió cambiarme por un chico. Dolió, pero la olvidé y conquisté a otra.
         Mis padres se enteraron. Les costó aceptarme. Pero me amaban. Y me apoyaron. Lo que nunca les confesé, fue que mi primera mujer, había sido su amiga, la divorciada. Y yo rebelde a mis 16, lo seguí siendo pero ahora defendía mi forma de ser con mi rebeldía adolescente.

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