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17/9/14

Vacaciones en Miami


Mi amiga y compañera de trabajo decidió viajar a Miami en sus vacaciones.
- "¿Ya decidiste dónde vas a pasar tus vacaciones Laura?"-.
- "No, no me decido. ¿Tú te vas a Miami?"-.
- "Si, ven conmigo. Giselle no viajará"-. No era mala idea. Había trabajado todo el año. Necesitaba unas vacaciones. Y ya que su otra amiga y compañera para el viaje no podría ir con ella. Yo sí.


- "¿OK?  Mañana voy a la agencia y lo arreglo todo."-.
- "Giselle tenía todo listo, hablamos en la agencia y  tú puedes ir en su lugar, luego le das el dinero a ella"-.
- "¿Por qué no puede ir?"-. Pregunté. Entonces me contó que tenía problemas familiares. No me contó mucho.
         Seguimos trabajando. En una semana y media estaría en Miami.
         Con mis 21 años, era la primera vez que saldría de vacaciones sin la compañía de mis padres. Y lo haría a miles de kilómetros de mi país.  La aventura me excitaba.
         Laura había alquilado una casa a la orilla de la playa. Sería maravilloso ver el atardecer y el amanecer desde esa playa.
         Los primeros días, salimos a recorrer las calles latinas de Miami. Los restaurantes famosos, las discos. Pero a los cuatro días, ya demasiado cansadas para seguir el ritmo que estábamos llevando, decidimos dedicarnos más a la playa, al sol, y a descansar realmente.
         Era increíble como la seguían los hombres, Laura una mujer de 29 años, con un cuerpo escultural, rubia, ojos celestes, altísima, casi 1'80. A mi lado era una diosa.
         Pero no entendía por qué se la pasaba rechazándolos, no les daba ni la hora. Siempre se estaba quejando que los hombres la perseguían como moscas a la miel.
         Y a mí ni me miraban. Me daba un poco de envidia.
         Decidimos ver el amanecer en la playa. Después de cenar pasamos una par de horas charlando antes de encaminarnos a la playa y encender una fogata. 
- "¿Puedo preguntarte algo, Laura?"-.
- "Si, qué es"-.
- "Pasa algo, porque desde que llegamos vives evitando a los hombres"-.
- "Perdón, creí que lo sabías"-.
- "¿Qué...?"-. Pregunté, qué se suponía que debía saber yo.
- "Espero que esto que voy a decir no te moleste"-. Me miró como buscando una aprobación y continuó  hablando.
- "Soy lesbiana, pensé que te habías dado cuenta. En el trabajo casi todo el mundo lo sabe"-.
Me reí, no podía creerlo. Nunca lo hubiera imaginado. Jamás había dado indicios de ser lesbiana. Me sorprendió, pero no me molestó.
- "Esta todo bien, supongo. No creo que sea ningún problema para mí."-.
         Seguimos hablando de la situación hasta las tres de la mañana. Luego bajamos a la playa y encendimos una fogata para seguir la charla allí.
         Varias parejas caminaban por la playa iluminada por la luna llena que se reflejaba en las aguas del mar. Era bastante romántica la situación, dado lo de las parejas alrededor.
         La marea estaba calma. Poco a poco las parejas fueron desapareciendo. A lo largo de la playa se distinguían varias fogatas, pero muy alejadas.
         Me estaba durmiendo. Me recosté mirando las estrellas. Ella hizo lo mismo a mi lado.  Me seguía hablando de lo linda que estaba la noche. Sentía su voz en mi oído.  Estábamos acostadas las dos, casi pegadas. Unos milímetros separaban su cuerpo del mío. Y podía sentir el calor de su piel.
         Me recorrió un escalofrío cuando mi mente voló y la imaginó desnuda y besándome. Me incorporé sobresaltada.
- "¿Pasa algo, Valeria?-.
Yo no respondía sólo la miraba. ¡Qué me estaba pasando!, ¡Como podía estar pensando algo así!
- "Valeria, Valeria... "-.  Escuchaba su voz a los lejos, y ella estaba sentada a mi lado.
- "Nada, nada"-.  Tomé aire y me incorporé para caminar un rato.
Me siguió sin hablar. Me tomó del brazo y me acompañó. Caminamos hacia la marea. El agua mojaba nuestros pies. Su rostro denotaba miedo.
-"Dime qué te pasa, Valeria"
La miré, sus ojos brillaban bajo la luz de la luna que ya se estaba escondiendo detrás de la ciudad.
Me tomó de la mano y me llevó de nuevo a la fogata. Nos sentamos, ella me abrazó, pues yo temblaba, pero no era frío. No entendía lo que me pasaba. Me atraía. Me gustó sentir sus brazos rodeando mi cuerpo.  Recosté mi cabeza en su hombro y me quedé en silencio. Ella me acariciaba el rostro y el cabello.
         Cuando la marea besaba la arena de la playa, ella me besó. El suave contacto de sus labios en los míos, el sólo roce de sus manos sobre mi piel. Me dejaron inmóvil. Dejando que ella hiciera lo que deseara….
         Sus caricias me excitaban más cada vez, recorrían mi cuerpo lentamente. Sentía la arena húmeda en mi piel y el calor de su cuerpo quemándome.
         Bajo la noche estrellada, sin decir una palabra de reproche dejé que me amará. Rodamos por la arena. Me besaba y acariciaba. Jamás había pensado en que una caricia podía hacerme arder tanto la piel.
         Me comenzó a desnudar, a la vez que se quitaba la ropa ella. Su desnudez a la luz de luna me excitó más. La ayudé y la besé.
         El murmullo de gente acercándose me hizo entrar en pánico. Tomé mi camisa y me vestí y salí corriendo hacia la casa sin mirar atrás.
         Me tiré en mi cama. Comencé a llorar, no sabía que me hacía llorar. Pero una angustia dentro de mí me hacia llorar. Ella entró, se acostó a mi lado y me abrazó. No hizo ningún intento de continuar lo que había empezado en la playa. Sentía en mi espalda su busto. Unas ganas locas de tocarlos me hicieron voltear hacia ella. Y la abracé, nuestros pechos se juntaron. Mi corazón latía acelerado. Creo que el suyo también.
         Me tomó el rostro y cuando encontró mi mirada fija en la suya, me besó.   Y continuó con lo que había empezado en la playa. Sólo que ahora yo respondía a cada caricia, a cada roce de sus manos, a cada beso de tu boca.  Nos hicimos el amor cuando el sol comenzaba a salir.
         La forma en que me amó, tan lentamente, esa lentitud en sus besos y caricias. Había sido maravilloso.
         Pasamos el resto de las vacaciones amándonos. Lo hicimos por toda la casa, y hasta me llevó a ver por fin el amanecer. Y me amó sobre la arena húmeda de la playa. Sorprendiéndome la luz del día besando su cuerpo ardiente.
         De regreso a casa tomé distancia de lo sucedido. Creo que sólo había querido experimentar la sensación de un cuerpo de mujer pegado al mío.  Si bien, hablamos del tema, ella dolida lo entendió. Nuestra amistad siguió, pero creo que nunca me perdonó que la hubiera usado para experimentar una nueva sensación.  Nunca más volví a estar con una mujer. No me arrepentí de lo que había hecho en aquellas vacaciones en Miami. Pero nunca más deseé a una mujer como la deseé a ella. Mi deseo se volcó a los hombres.

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